Un universo en el parque

un universo en el parque
Estamos en Semana Santa , de vacaciones y sin ir a la guarde.

Después de mucho pensarlo, papá y mamá decidieron ser uno de esos pocos madrileños que se quedan en la capital por estas fechas, siguiendo las no muy buenas previsiones meteorológicas que daban para estos días en el destino -hasta entonces- elegido. Y yo, sinceramente, casi que se lo agradezco porque, además de habernos evitado la paliza de recorrer unos mil quinientos kilómetros en coche en menos de cuatro días, estos días estamos descansando, que buena falta nos hacía.

Si divertido, divertidísimo fue el día que pasamos ayer en el Zoo con el primo Iker, divertida “chupi piruli” ha sido la mañana de hoy, el día de las vacaciones que mamá había reservado para “descansar” de las casi siete horas de zoológico y picnic familiar que pasamos ayer.

Zoo

Pese a las lluvias y las bajas temperaturas anunciadas para hoy, esta mañana hemos pasado un magnífico rato de parque sin abrigo y de lo más agotador; de esos que te hacen sentarte a la mesa al medio día y devorar el plato del almuerzo. Incluso mamá ha repetido postre de todo lo que ha corrido con nosotros. Sí, habéis leído bien: nosotros, no nosotras. Y es que, en un periquete, de tres que habíamos salido de casa, hemos pasado a ser siete. ¡Y porque no había más niños en el parque que si no hubiéramos sido muchos más, estoy segura!

Todo ha empezado cuando dos niñas que estaban dentro de “nuestra casita”, han comenzado a llamar la atención de los allí presentes con gritos de “¡Puesto, puesto!“. Tras echar un vistazo alrededor y ver que ninguno de los demás acudía a su llamada, mamá, ni corta ni perezosa, decidió que nosotras seríamos las primeras en acercarnos a esa nueva tienda a preguntar qué vendían: Vestidos, ni más ni menos. Así que allá estuvímos las cinco mujercitas probándonos y eligiendo modelito, hasta que a mí me pareció mucho más interesante lanzarme por la empinada rampa del “tooán” -tobogán para vosotros-, justo allí donde encontraríamos la magia de ver lo invisible, sobrevolar el océano o hartarnos de comer patatas y zanahorias sin masticarlas porque sólo están ahí, en nuestra imaginación.

Bastó el inocente empujón del pequeño Oller a mamá, ambos subidos en lo más alto del tobogán, para que diese comienzo la función. Aquellas palmaditas en la espalda, más de uno se las hubiera tomado como gestos propios de un niño impaciente, mal educado o que no sabe jugar con los demás; sin embargo, mamá aceptó su reto y, agarrándonos bien fuerte, se lanzó por el tobogán alabando al muchachito por lo lejos que habíamos conseguido llegar gracias a lo fuerte que este nos había impulsado, el mismo niño que corría hacia las escaleras del columpio y nos indicaba el orden de lanzamiento porque sólo ÉL podía ir detrás de mamá para repetir la jugada una y otra vez.

monstruo

El juego había comenzado y el monstruo Alejandro de entre doce y dieciocho meses, que también rondaba por el arenero, tampoco se lo quería perder. De modo que comenzó a defender su recién bautizada “torre”, atemorizándonos con sus graves y feroces alaridos ante los cuales, mamá no tuvo más remedio que invitarnos a los otros tres a huir apresurados hasta nuestra casita, donde nos pondríamos a salvo.

Una vez allí y de pronto, Oller se convirtió en un lobo que nos quería comer y tuvimos que salir escopetados del refugio corriendo por todo el parque, levantando puñados de arena a nuestro paso, ante las miradas atónitas o las sonrisas abochornadas de cuantos por allí pasaban.

Ver a mamá jugar con nosotras en el parque o subida en los columpios, no es cosa extraña. Bien poco le importa su edad cronológica o “el qué dirán” para hacerlo, aunque supongo que sí puede resultar curioso verla rodeada de “amiguitos” recién conocidos, inmersa en el juego tanto o más que ellos.

Así, sin abrigo, con gafas de sol y sudando como un pollo a causa de los más de veinte grados que NO estaban previstos para hoy, mamá corría de acá para allá con todos nosotros durante las casi dos horas que estuvimos abriendo y cerrando las ventanas y la puerta de la casita o construyendo paredes de ladrillo para que, ni el monstruo ni el lobo, entrasen en nuestra morada y, cuando alguno de ellos lo lograba, los demás corríamos a subirnos a lomos de nuestro caballo o poníamos en marcha las turbinas de nuestros aviones y escapábamos de sus colmillos afilados, poniendo rumbo a las Américas o algún otro país lejano. Pero si no llegábamos a tiempo de alcanzar nuestros medios de transporte, debíamos permanecer en casa aguardando a que el lobo dejara de merodear por nuestro hogar, lanzándole bolas de fuego con las que le quemábamos el culete y huía despavorido, con el rabo entre las piernas.

fuego

En una de nuestras escapadas de las garras del monstruo, tanto se había creído mamá que de verdad estábamos viajando a China o a Perú, que tardó un buen rato en percatarse de que papá -nuestro particular lobo feroz en la buhardilla de casa- estaba de pie, a la entrada del universo que habíamos creado en ese parque, observando orgulloso nuestras aventuras.

Nada más verlo, mamá lanzó el aviso a los demás:

“¡Chicos! ¡corred a la casita, que ha venido el lobo feroz!”

Cual fue mi sorpresa que, pese a su gran timidez y obviando por completo al resto de espectadores, papá se animó a correr tras nosotros acompañando sus zancadas con un grito hambriento¡Arrrrggggg! ¡os comeré a todos!-.

caperu

El momento en el que mamá fue consciente de lo que allí estaba pasando llegó cuando, acunclillada en la casita con Ch, C, Oller y Alejandro agarrados  a su cuello, las risas de los cinco a la vez se sobrepusieron a cualquier otro sonido del ambiente, todos riendo convencidos a carcajada limpia de que ahí dentro, en su casita abierta sin puertas ni ventanas, el lobo no les podría atrapar. Entonces mi mamá pudo ver en las caritas de todos nosotros, el universo mágico que había creado con tan sólo dar la respuesta correcta a un empujón y al rugir de un monstruo.

Llegada la hora del almuerzo, ninguno de los niños querían dejar de darle al lobo patatas, zanahorias y pan para irse a sus hogares a comer, a pesar de que sus papás y abuelas les pedían al principio y rogaban al final, que les acompañasen, pero ellos, cien por cien concentrados en que mi mamá les concediese “la última vez antes de volver a casa“, se resistían a dejar escapar al lobo y su familia, aún habiéndoles prometido que volverían a encontrarse, a la misma hora y en el mismo lugar, cualquier día de estos. Tanto fue así, que Oller quería que mamá le fuera lanzando bolas de fuego hasta su casa y, aunque su abuela le quitó la idea de la cabeza, no pudo evitar que el niño hiciese con nosotros la mitad del camino.

Habiendo pasado hoy el mejor día de la Semana Santa, convencida estoy de ello a juzgar por la cara de felicidad de mi mamá, dudo que cualquiera de los planes que esta tiene pensados para los siguientes días de las vacaciones pueda superar la diversión y la concentración que hemos alcanzado esta mañana sin juguetes, televisión, Ipad ni ordenador.

Tan sólo con un poquito de complicidad, toda nuestra imaginación y ganas, infinitas ganas de jugar…

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