Tú te lo pierdes

Tú    te    lo      pierdes

Pero yo me quedo con las ganas

Perdemos los dos o pierde uno sólo y ya no sé si eres tú o soy yo. Y es que, a menudo, cuando nos sentimos rechazados por esa persona que nos importa o que queremos alcanzar, nos sale desde dentro un incierto y totalmente fingido  “tú te lo pierdes” que pronunciamos tratando de parecer indiferentes, buscando el tono triunfal. Pero ¡no te lo crees ni tú! Ni esas palabras a las que les cuesta traspasar ese nudo imprevisto en la garganta, esa sequedad en la boca por los nervios y esa media sonrisa que intentamos mantener por encima de todo, cuando llega a nuestros oídos la temida respuesta.

Y, ¿quién es el que habla realmente en estos casos: nosotros, nuestro ego o las imperiosas y ahora frustradas ganas con las que nos acercábamos a conocer a esa persona?

Probablemente lo hagan los tres a la vez, luchando unos contra otros por ver quién puede más; pero seguramente no lo hagan solos y sí acompañados por el gran “¿por qué?” que se posa sobre nuestra cabeza y nos nubla la mente para poder seguir la conversación de manera despreocupada tras la negativa.

¿Por qué hemos escuchado un NO si lo que íbamos buscando era una respuesta positiva?

¿Por qué es tan difícil asumir una derrota?

Con frecuencia negamos cosas a los niños, lo justificamos con frases del tipo: “En la vida te van a decir muchas veces que no, así que vete acostumbrando” o “no siempre se puede tener lo que se quiere” y nos quedamos más anchos que largos. Sin embargo, ese alto grado de comprensión ante las circunstancias de la vida difiere muy mucho cuando los rechazados somos nosotros mismos. Entonces, la decepción se abre hueco entre la madurez que profesábamos. Nos ofuscamos, nos sentimos avergonzados y, si pudiéramos, hasta romperíamos a llorar cual niño de tres años.

 

Pues no, efectivamente no siempre se consigue lo que se anhela, por más ahínco y entusiasmo que pongas en el asunto. Parece que el mundo es reacio a salir de su zona de confort, a iniciar charlas con nuevas amistades o a tomarse un café con personas extraordinarias que acaban de conocer. Porque te lo dirán, te venderán la moto de que no es por ti, sino por ellos, por sus principios, sus formas de ser o sus ajetreadas vidas que les impiden abrirse a nuevos corazones y ampliar sus horizontes. Te lo adornarán diciendo lo afortunados que se sienten por haberte conocido, lo especial y extraordinaria que eres, que quieren pero no pueden. Incluso intentarán hacerte creer que eres la pera limonera pero, señores, ¡dejémonos de pamplinas!:

Un No es un NO,

lo pinten como lo pinten

Al que algo le interesa, no sabe de excusas. Sí, mucho te quiero perrito, pero pan poquito y es que tus expectativas se esfuman con cada una de esas palabras aduladoras que, en su mayoría no son ciertas y su único propósito no es otro más que suavizar la situación, hacerla menos bochornosa o conseguir bajar el rubor de tus mejillas que tan incómodo está volviendo ese momento para el que las pronuncia.

 

Porque, efectivamente, no hay rechazo sin vergüenza de por medio. Y es que, en medio de esa marabunta emocional que sentimos cuando finalmente no escuchamos lo que esperábamos oír, no sabemos si reír o llorar y hasta nos entran ganas de salir corriendo por lo vergonzoso del contexto. Mas nada de avergonzarse, señorita. Ahora más que nunca es cuando hay que mantener el tipo, aguantar el chaparrón y hacer gala de la valentía que nos caracteriza y con la que hemos llegado a abrir nuestro interior. Porque todos podemos sentir, eso es fácil, pero muchos carecen del valor suficiente para expresar sus emociones, lanzarlas al aire y hacérselas llegar a quienes nos las provocan. Cuántos sentimientos habrá enterrados por ahí en muchos corazones que jamás verán la luz por miedo a sentirse rechazados.

Desde aquí, les animamos a salir, a volar. Porque las espinitas que no se sacan, pincharán toda la vida y, como dice la canción:

“Prefiero jugar y perder que no haber vivido”.

Igual que gritamos lo malo, tenemos que susurrar lo bueno. Hacerlo sentir. Decirle a la otra persona que algo suyo te remueve por dentro, que te despierta mariposas o, simplemente, que su sonrisa te hace feliz. Porque siempre nos fijamos en lo malo y dejamos para luego lo bueno, olvidándonos de que no estaremos aquí eternamente y que, aquello que no expresemos, se desvanecerá sin que nadie lo alcanzara jamás a atisbar.

Seamos valientes y digamos más “te quiero”,

si es  lo que sentimos

 

Armémonos de valor y salgamos a la pista a bailar. Invitemos a esos ojos que nos han encandilado a contar juntos las estrellas, pero también seamos igual de valientes si no nos conceden ese baile. Asumamos con orgullo la derrota porque al menos lo intentamos: Aprendimos a bailar por esa persona, nos calzamos zapatos nuevos y, sí, nos pisaron los pies, pero lo dimos todo. Demostramos todo. Sacamos de nuestra mente el cansino “¿Y si…?” que tanto nos atormenta. Nos arriesgamos, y perdimos, sí. Lástima, pero así es.

En la vida unas veces se gana y otras se pierde y lo difícil no está en salir victorioso, sino en afrontar que no siempre querer es poder. ¿O sí? Más bien diría que sí, que si se quiere, se puede. No valen excusas. Si uno es fiel a sus sentimientos y a los que le despiertan ciertas personas, cualquiera se puede lanzar al vacío y aprender a volar. Sin embargo, si caminamos bajo el cómodo paragüas de nuestra vida rutinaria, inflexibles y arropados por un eterno “me encantaría, de verdad” seguido por un “pero”, nada cambiará y esa expresión de deseo condicionado, no es más que la intención de zanjar urgentemente una conversación que le está robando su valioso tiempo y poniendo en un compromiso.

 

Ciertamente, aunque queramos, es imposible agradar a todo el mundo. Nunca llueve a gusto de todos, dicen. Y en las relaciones interpersonales, esta máxima no iba a ser menos. Desde pequeños nos entrenan en habilidades sociales, nos enseñan asertividad que algunos manejan a la perfección y nos dan las pautas para tolerar mejor la frustración, pero, en la práctica diaria,  esos aprendizajes no siempre nos salen como habíamos deseado porque, simplemente, nos sentimos rechazados.

Otras veces creemos que somos y significamos para la otra persona tanto o más que lo que ella significa para nosotros, hasta que viene Dña. Realidad a ponerte los pies sobre la tierra y te abre los ojos, bruscamente. Hasta ahí llegó la amistad o la relación que esperabas comenzar. Y no es que no seas suficiente para la otra persona. Tampoco significa que seas más fea que guapa, más tonta que lista o más aburrida que divertida. Tan sólo ha venido a decirte que, para gustos los colores y que, aquel del que tú te pintaste para esa persona, no era de su gusto. Punto.

Tendemos a echarnos la culpa cuando alguien sale de nuestra vida o , por el contrario, cuando ni conseguimos que entre o nos deje entrar en la suya. Solemos atiborrar nuestra mente de preguntas y reproches tipo “tenía que haber hecho o tenía que haber dicho”; echamos mano de los “quizá si hubiera actuado así o asá” o “a lo mejor si hubiera insistido más”.

¿Insistir?

¿Es que el cariño se mendiga?

Este ni se compra, ni se vende; ni siquiera se regala. Si me apuras, se comparte. Eso es, porque para que dos personas se junten, la mezcla debe resultar tan sencilla como mezclar agua con sal, mas no con aceite: Imposible conectar.

 

¿Y cómo saber entonces si tú eres la sal o yo soy el aceite? Basta con preguntar. Ármate de valor y lanza la pregunta. Recuerda siempre que la fortuna favorece a los valientes y siempre puedes ganar. Pero, si no es el caso, jamás olvides la sonrisa y la ilusión con la que llegaste a satisfacer tu curiosidad liberándote de prejuicios o vergüenzas, diciendo aquello que sentías y haciendo saber qué rumiabas dentro de tu ser.

Todo lo que no hagamos o digamos, tampoco lo verán o escucharán los gusanos. Ahora es el momento y no otro. Ahora es cuando hay que ser sinceros con nosotros mismos y no quedarnos con “pelusas”. Ahora es cuando toca ser

¡Valiente!
Valiente, antes y después. Soñando y despierto.

Porque no hay que dejar de soñar…

ni siquiera al pronunciar ese fingido “tú te lo pierdes”

Ni siquiera aunque por dentro te sigas muriendo de las ganas…

 

 

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