Mi nuevo cargo, el de conciencia

Mi nuevo cargo, el de conciencia

Hoy mamá tiene un nuevo cargo y no, no le han ascendido en la empresa. Tampoco le han subido el sueldo, pero mamá ha cambiado de posición, igual que su estado de ánimo. Lo he percibido desde bien temprano, en su tono de buenos días, que estaba falto de ese entusiasmo tan contagioso que nos concede mamá cada mañana. Y el trayecto a la guarde, me lo ha confirmado.

Mamá está triste, alicaída. Azul. O gris. No sabría deciros exactamente de qué color se encuentra hoy, pero sea el que sea, es de esos que no hacen cantar ni bailar a mamá en el coche. De los que cambian las risas por silencios, de los que transforman a mi mamá alegre y divertida en un piloto automático concentrado en la carretera y nada más, porque no tiene ganas de hablar, ni na de na.

No habrá dormido bien. Lógico, yo tampoco lo he hecho. ¿Cómo iba a hacerlo si mi sueño estaba camuflado por el enfado monumental que ella manifestó ayer tarde con mi hermanita después de la piscina? Semejante rapapolvo, ese perder los estribos es el que ha vestido hoy a mamá con el “cargo de conciencia” que le pesa toneladas y le hace imposible el levantar el ánimo del suelo. Su cara, un cuadro hasta los pies.

Cargo de conciencia

Un beso; un besito chiquitito, de los que nos gustan a nosotras por la suavidad, la delicadeza y lo despacito que se dan, fue el que utilicé ayer para intentar secar las lágrimas de mamá. Me acerqué muy lentamente al ver cómo lloraba y le planté mis labios en su nariz, lo primero de su rostro que alcancé a tocar con mis titubeantes movimientos, pues no sabía si ir o no ir. Pero no sirvió de mucho, la verdad, porque siguió llorando al ver llorar, también, a Ch. ¡Menudo numerito! Pensarán ustedes. Ciertamente, sí lo fue. Una llorando en la parte trasera del coche por no sabemos –y nunca lo sabremos- qué cosa y la otra sentada a l volante haciendo lo propio, a moco tendído porque no sabía cómo cesar el llanto de la primera y, ni siquiera, a cuento de qué venía. Un show, cuanto menos, que ya he dado en otras –muchas- ocasiones. Y es que los berrinches sin previo aviso de mi hermanita son casi una rutina familiar. Cuando se enfada, se enfada (¡y punto pelota!). Esto va haciendo mella en mamá, en su paciencia y su moral.

Testigo soy en primera persona, como fui ayer, de los infinitos intentos de mamá por consolarla (que infinitos no serán, porque se acaban). Del lanzamiento de preguntas, una tras otra, persiguiendo encontrar las palabras mágicas que den en la diana del porqué de tal enfado. Testigo de la paciencia que trataba de mantener, pegada a ella, mamá, respirando hondo mientras los nervios comenzaban a aflorar por no encontrar ya ningún recurso. Testigo de cómo, finalmente, la impotencia y la frustración provocaron la explosión de su calma haciendo caer chuzos de rabia y coraje sobre un charco inundado de fracaso.

“¿Por qué llora sólo cuando está conmigo?”
“¿por qué el resto del tiempo se lo pasa pipa, de allá para acá con las demás personas y no se acuerda de mamá ni de su teta?”
“¿Por qué cuando está mamá sólo quiere brazos, teta y lo quiere sin demora?”

Estas son preguntas típicas y diarias que se hace mamá, a las que le siguen:

“¿Qué estoy haciendo mal contigo?”, “Algo me está intentando decir que no alcanzo a comprender… ¿Qué será?”

Preguntas e interrogantes

Ante la total falta de tregua que le da mi hermanita, altamente demandante ella de nuestra progenitora y de su teta, en definitiva.

A mamá, muy a su pesar, nuestro llanto le sobrepasa. Le supera el hecho de no poderse levantar de la cama, ponerse el abrigo o abrocharse los zapatos sin que mi hermana rompa a llorar desconsolada pidiendo a gritos –y nunca mejor dicho- que mamá la coja en brazos o la ponga al pecho. Y es que son realmente pocas las cosas que mamá hace –o puede hacer- sin llevar cargada a mi hermanita, a la que hace meses “rebautizó” como “Miquito” por aquello de que siempre la lleva a la cadera, como una prolongación más de su cuerpo.

Pero, ¿es que Ch no se da cuenta de lo mal que se siente mamá cuando lloramos? Hay ciertos momentos que son, física y materialmente inevitables, ya sabéis, las situaciones innegociables de las que os hablaba en el post Negar por negar, esas en las que no está en manos de mamá el evitar que saquemos nuestras lágrimas a pasear, como cuando hay que ponerse el abrigo porque vamos a salir a la calle y hace un frío del carajo -porque el grajo vuela bajo-, cuando esta se tiene que ir a trabajar y nos quedamos en la guarde unas horitas o cuando se tiene que levantar la camiseta y sacar el pecho del sujetador (¡Sí, Ch! Nada es inmediato; hay que aprender a esperar, aunque sean eso, tan sólo unos segundos que no llegan ni al medio minuto).

Mamá no nos puede ver llorar. Es superior a ella y ya con mi hermana la situación se está saliendo de madre, se siente una ca-ca con los berrinchazos de Ch, para los que los recursos se le acaban, porque nada le vale, nada le consuela sino es “Su teta del alma”. El colmo ya fue ayer cuando esta rechazaba las caricias de mamá intentando restaurar el chip de mi hermana y volver a la normalidad. Nada, ni por esas. “¡No sin mi teta!”, parecía replicar ella.

La paciencia de mamá llegó entonces al límite de los límites. Ya sumaban muchos días seguidos aplacando los nervios, tratando de mediar y viendo frustrados sus intentos, ya fueran en forma de abrazos, comida, agua o juguetes.  Las explicaciones parece que no le valen a mi hermana cuando rompe a llorar. No escucha, ni porque mamá le hable bajito, ni porque le trate con mimo. No siente los besos -¿o sí?-, ni ve los juguetes ni ningún tipo de entretenimiento. Ella tiene claro lo que quiere y que, además, lo quiere ya. Ante eso, es intransigente. Pero la paciencia de mamá se agota, como las pilas y, si tiras mucho, demasiado, de la cuerda, se rompe. Simplemente porque llegan la frustración y el sentimiento de “mala madre” y ¡zas! la cortan. Y entonces llegan los gritos; gritos desesperados que imploran a mi hermanita una solución a los errores que con ella está cometiendo:

“¿Qué estoy haciendo mal contigo, qué? ¡Dímelo, que no lo sé! Lo he intentado todo, por activa, por pasiva. Lo que me pides, si lo tengo, te lo doy. Y si no lo tengo, me lo invento. Y si no está a mi alcance, sabes que busco una escalera y trato de acercarlo para ti. Pero de verdad, cuando no puedo, ¡no puedo!. No es que yo no quiera, es que se me escapa de las manos, sin más”.

“Muchas asignaturas pendientes tengo contigo” le dice mamá a mi hermanita. Muchas como conseguir que aprenda a esperar, cosa que, supongo le llegará con el tiempo, la madurez y las vivencias, porque nosotros, los niños, miramos el tiempo en un reloj diferente al de los adultos.

¡Y qué me decís del llanto! Un tema casi tabú para mamá. Sí, señores, a pesar de que este es nuestra primera herramienta de comunicación, mamá no lo quiere ni en pintura, porque no soporta vernos llorar y ¡mira que ella intenta que no lo hagamos! ¿eh? Pero siente que en esto, con mi hermanita, ha fracasado y por ello se lamenta porque, desde que nació, ha llorado demasiado, o al menos así lo estima mamá.

“¿Será que mi hermanita es muy llorona?”

Mamá no es amiga de esos adjetivos calificativos que se les ponen a los niños como “chantajista”, “tirano”, “teatrero”… De hecho, le hierve la sangre cuando los escucha. Si hay llanto, habrá pena, o dolor, o miedo ¡digo yo! Por eso el “déjala llorar que no le pasa ni un pelo” no tiene cabida en nuestra casa, al igual que el “déjale que llore, que es sanísimo. Le ensancha los pulmones” o los “así va aprendiendo que la vida es dura” y “cuando te calmes, te atiendo”.

No, ni hablar.

Sonreír siempre

En casa no se llora, o se intenta, por lo menos, porque no siempre se consigue y, cuando esto ocurre y los berrinches ganan la batalla, mamá sigue erre que erre explicándole la situación, con la esperanza de que los posos queden ahí y, en un futuro, del granito de arena salado por las lágrimas surjan aprendizajes positivos.

A mamá le atormenta la posibilidad –remota- de que nos sintamos desatendidas, por eso es incapaz de “dejarnos llorar hasta que nos aburramos” y le machaca la incapacidad de calmar y consolar a mi hermanita con la misma facilidad que hacía conmigo. Pero ya le digo yo, que cada niño es un mundo y cada persona un universo y, de ahí que seamos cien por cien incomparables.

Mami, tranquila. Cálmate y respira hondo. Estoy segura de que Ch sí te escucha cuando le explicas lo que ocurre y te entiende. Comprende, poco a poco, las razones que le das para no cogerla en brazos cuando vamos en el coche y conduces hasta casa o hasta la guarde; cuando le dices que el abrigo es necesario–aunque no quiera- para salir a la calle en estos fríos días de invierno; cuando le cortas las uñas, “para que no te arañes, Ch, que te puedes hacer pupa”; cuando me coges a mí en brazos y me das un achuchoncete “porque tu hermana también tiene derecho a recibir mimitos de mamá”. No te preocupes, mami, que todo va dejando huella y mi hermana es muy lista y se da cuenta.

Huella

¿No eres tú de las que llora por nada? ¿Y no es Ch hija tuya? ¿Y no se transmitirá la facilidad de llanto con los genes del mismo modo que se transmiten otras peculiaridades del carácter como el genio o la bondad?

Sí, puede que yo te esté intentando convencer a duras penas de que no lo estás haciendo tan mal como tú crees, de que no has fracasado y que, estos berrinches de mi hermana no marcarán su forma de ser, volviéndola vulnerable e insegura, algo que te preocupa enormemente, sí lo sé.

Te debates entre las hipótesis de si mi hermanita esté desarrollando un apego inseguro, una excesiva dependencia de ti derivada de este o, por el contrario, simplemente sea su manera de ser. Su personalidad mimosa, la que busca a su mamá y su calor continua y precisamente por la cantidad de tiempo que pasáis –y habéis pasado- juntas; por las miradas que intercambiáis durante los ratitos de lactancia; esas con las que se podría escribir un libro sobre el amor sin escribir ni pronunciar una sola palabra. Esos besos con los que mamá te llena las manos antes de dormir y que chocan con sus enfados (puede que desmesurados si se ven a la distancia) por tus exigentes demandas de atención. Atención en exclusiva, además.

Que lo gordo es eso, que te crees que mamá es tuya y sólo tuya. Y sí, pero no, porque en casa somos cuatro y también tiene que haber mamá para papá y para mí, que soy pequeña y me aguanto calladita y sin chistar (¡porque soy más buena que el pan!) esperando que me dejes un ratito jugar con ella. O que me monte a caballito porque ahora me toca a mí. O que baile conmigo nuestra canción preferida. O que meza a mí en sus brazos, que yo también me lo merezco. O que me dé de merendar, que yo aún soy pequeña y requiero su atención, igual o más que tú, por mi carácter apegado, cariñoso y mimoso.

Y es que son muchas las veces que me toca esperar, ponerme a la cola mirando desde mi sitio y en silencio cómo mamá se deshace en intentos por poner fin a tus berrinches, desde el cariño y la comprensión que le caracteriza, hasta que, tras días pasados de impotencia acumulada, la rabia de mamá sale a relucir. Y se enfada, contigo y con ella. Por ti y por ella. Por impotencia y no ser capaz de consolarte y acabar perdiendo la calma tras tantos días de aguante que ya, no han valido para nada. Por bajar a la Tierra desde los Mundos de Nuria donde reina la paciencia infinita y, acabar dándose cuenta de que no es sino otra mujer terrenal más, otra madre imperfecta que intenta cada día borrar el prefijo “im” de su adjetivo y que, en muchas ocasiones, no lo consigue, sencillamente. Porque con momentos como los de ayer, mamá siente que todo esto que escribimos, no tiene sentido, que de nada vale mantener la calma y actuar con comprensión si al final, se pierden los papeles. Porque esos enfados, manchan el “expediente maternal” de mamá, los hemos vivido las tres y así en nuestras retinas y memorias quedarán. Ya no se pueden borrar.

mancha emocional

Y entonces ella lo que se pregunta es cómo te está afectando a ti todo este lloriqueo.

“¿Te ocurre o duele algo?”
“¿No te vale la forma en que lo hago con vosotras?”
“¿En qué quieres que cambie o mejore?”
“Necesito que me hables, que me digas qué te pasa, porque yo no puedo más. No puedo darte más de todo lo que te doy, que simplemente es eso, todo mi ser”

Dale algo de tregua a mamá, atiende a sus razones, escucha sus explicaciones que sólo pide que no caigan en saco roto y nos estén haciendo sentir atendidas, cuidadas y no queridas, sino amadas.

Si eres de lágrima fácil, adelante, ¡llora! Llora y desahógate. Mamá es de esas que lo hace sin motivo ni razón y con tan sólo un comentario mal interpretado ya es capaz de llorar a mares, pero ¡por favor! dile que eres consciente de los esfuerzos que ella hace porque no llores, que valoras las prisas con las que se mueve de aquí para allá para atender a tus reclamos y darte -al instante- todo aquello que le pides. Hazle un gesto de los vuestros con complicidad implícita, para que ella sepa que estás creciendo feliz, segura y que te sientes amada, al doscientos por cien. Hazle saber que está equivocada porque, sencillamente, lo está haciendo requete, requetebién.

4 comentarios en “Mi nuevo cargo, el de conciencia

  1. Jessi dijo:

    Con lagrimillas en los ojos terminando de leer la nueva publicación.
    Nuria como mami lo haces “GENIAL”,de eso tienes q estar súper convencida.Los peques pasan etapas buenas y no tan buenas.El apego al adulto es una racha que agobia,que casi termina con la paciencia y los recursos por intentar mejorar,pero se pasa según vayan madurando y se hagan más independientes.
    No te sientas culpable, Ch es muy muy inteligente y todo lo que tu le digas ella te comprende.
    Creo q tienes un “DON” para escribir,con tanta suavidad,elegancia.
    Te mando millones de besos y abrazos para borrar tú tristeza.

    • Nuria dijo:

      ¡Ay, Jessi… ! ¡Con lagrimillas en los ojos me tienes tú a mí ahora! 🙂 🙂 🙂
      Gracias, por tu apoyo, por tus palabras y por lo bien que tratas a mi Ch 😉
      Me encanta lo “campante” que se queda contigo, me da mucha tranquilidad y con eso sé que también contigo tiene mucho apego.
      Sí, a veces incluso me paro y digo: “Pero, ¿de qué me quejo? Si tengo que dar gracias porque mi chica esté tan unida a mí” Aunque el día a día, las obligaciones y demás, nos hacen ir a la carrera, ponernos nerviosas y ¡pagarlo con los peques! :,(
      Los millones de besos y abrazos recibidos y… ¡Tristeza borrada! 🙂

  2. Leticia dijo:

    Nuria yo, que como madre ya sabes vivo los dos planos, es difícil a veces entenderles o mejor dicho complacerles.Mil veces me resultan mas sencillas las situaciones como.maestra en el aula con 18 niños que las que me encuentro con N en su día a día.Por ello y a pesar de que luchamos por quitar ese IM como tu dices, es dificil acertar. Solo puedo decirte que ánimo MADRAZA pocas mamis salen de la escuela con sus dos hijas en brazos y dándoles todo el amor.
    Por otro lado quiero felicitarte porque me has enganchado con esa manera de escribir parece que las ideas y las palabras no pueden ir mejor unidas, eso si!!!!!!!!yo quiero algo mas q un post algo mas larguitooooo en formato papel, de esos que te quitan el sueño por seguir leyendo.Eres una campeona y ánimo que tu mejor amiga sin duda es la literatura.Besazos enormes a las 3

    • Nuria dijo:

      Leti, gracias, porque desde el principio me has demostrado mucho apoyo, mucha EMPATÍA de la tuya 😉 ¡Ay, qué gran palabra me enseñaste! Ya no la borro de mi día a día y es inevitable que se me venga a la mente aquel momento en el pasillo cuando me dijiste “Empaliza con ella”. Totalmente. Eso te hace ver las cosas desde otro prisma, su pequeño prisma.
      En cuanto a lo que pides, sólo te digo que ¡estamos en ello! Cuando acabe este curso, en vacaciones de verano, empezaremos a darle más fuerte… A ver si pronto conseguimos dar otro pasito más en esta búsqueda de la felicidad… 🙂
      ¡¡¡Campeona tú!!! Que haces, junto con Marina, que C me diga cada tarde “Mami, ota vez a la guade”; que habéis conseguido, con lo tímida que es, que se abra a vosotras, se muestre com les ella y… ¡Os quiera!

      Besazos

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