Mil y una noches

 

Hoy ha sido un sábado de lo más raro y es que ¡hemos ido a la guarde!

¡Sí, como lo oís! Papá y mamá asistían a su primer taller de la Escuela de Padres de la guarde, de modo que allá fuimos y, mientras Chloé y Camille nos sumergíamos en la piscina de bolas de la escuela con otros amiguitos, mis papás atendían la charla “Dormir a pierna suelta” dirigida por Marián Molina, psicóloga de actualidad y psicoanálisis.

Esperanzados por creer haber dado con la “receta mágica para dormir 12 horas del tirón”, mis papis pasaron una mañana de lo más divertida, provechosa, enriquecedora y, a pesar de que no se fueron a casa para dormir a pierna suelta, sí volvieron con múltiples experiencias íntimas, anecdóticas e incluso emotivas, compartidas por otros padres desde el entusiasmo y la satisfacción de comprobar que “mal de muchos…”; que las tensiones con sus hijos a la hora de dormir no se dan únicamente en sus casas; que no sólo en ellos hace estragos el cansancio acumulado que provocan mil y una noches durmiendo poco y mal y que no sólo su paciencia se esfuma cuando los despertares impredecibles se repiten o las rutinas no funcionan, a pesar de los esfuerzos. Los unos y los otros, todos padres terrenales, de carne y hueso igualitos que los míos, que se pasan largas noches velando nuestro sueño y cuyas ojeras, cada vez más pronunciadas, les dicen cada mañana: “Sigue así, no desistas. Lo estás haciendo bien”.

Sí, esa fue la conclusión que sacó mi papi de aquella bonita experiencia: “Lo estamos haciendo bien, porque lo estamos haciendo como queremos”. Y es que no siempre los padres actúan como desean. Muchos, se olvidan de nuestras necesidades y se comportan presionados por los prejuicios o las imposiciones de la sociedad, por sus parejas o familiares o, incluso por el erróneo “así debe ser”, en contraposición a lo que su corazón les dicta. ¿Os acordáis del post que mi mamá escribió sobre el instinto maternal?

Entre los asistentes al taller se encontraban varios padres que habían tratado de aplicar un método para dormir milagrosamente a sus hijos. No voy a hablaros de él porque mi mamá no me deja decir mentiras, y además ella ni lo aprueba ni lo comparte, por lo tanto hemos acordado no darle publicidad. Así, de entre los allí presentes, podríamos destacar a una mamá arrepentida que contó el sufrimiento que le causó el dichoso y cronometrado método para dormir, que le funcionó en alguna ocasión. Lo que esa madre no se preguntó entonces, fue por qué tuvo éxito. ¿A qué aprendió aquella criatura, a dormirse solita o a no recibir respuesta y consuelo de sus padres y tener que aprender a dormise solita? En este caso, el orden de factores altera el producto y esta mamá con sentimiento de culpabilidad, aplicó el método animada por su marido, al que quizás le empujaba el deseo contradictorio de que todo volviera a ser como antes, por cierto, completamente irrealizable.

Beb bostezando a punto de dormir despus de la lactancia y expulsar los gases ayudado por la madre

Yo he presenciado ya en dos ocasiones cómo la llegada al mundo de un hijo provoca en los padres un batiburrillo de emociones, primero conmigo misma y un año más tarde con mi hermanita Chloé. El inmenso cambio que supone incorporar un nuevo miembro a la familia, hace que la comodidad que tenían papá y mamá anteriormente desaparezca (¡puf!) y se transforme en una situación de constantes y mutuas adaptaciones y sendos aprendizajes.

Los tiempos en casa cambian: Ahora papá no se puede sentar en el ordenador cada vez que le apetezca porque yo quiero que juegue en la casita con Camille; a mamá le gustaría encerrarse en la cocina a inventar recetas nuevas, pero poco tiempo le dejamos para ello, ¡los bailes con ella son mucho más divertidos!

Les quedan las noches, mientras nosotras dormimos, para dedicarse tiempo a ellos mismos, descansar, charlar tranquilamente, “hacer cositas que hacen los mayores cuando están solos y se quieren mucho”, …

Pero llevamos una temporada que no damos tregua ni por las noches y, cuando eso ocurre, el cansancio comienza a abrirse paso y la paciencia de mamá y papá se ve desplazada. Veo que se enfadan con mayor facilidad, quieren que nos durmamos rápido y mamá no tiene tantas ganas de jugar.

Pero, ¿qué hacen algunos papás ante esto? Seguir como si nada y optar por el camino fácil:

  • Adaptación Unidireccional: “Tú, bebé eres el que te habrás de acomodar a mí y mis circunstancias, no al revés”.
  • Consecuencia: Conflictos paterno filiales desde el minuto 0, llantos y sufrimiento por ambas partes.

¡Oye! Nosotros hemos venido al mundo porque vosotros habéis querido, no ha sido voluntad propia y nadie nace aprendido. Nuestro pequeño mundo se amplía cada día a base de cascadas de información que abruman nuestra cabecita. Y, aunque popularmente somos conocidos como “esponjas” por nuestra gran capacidad de aprendizaje, pensad también que para nosotros todo es novedoso y desconocido y, lo nuevo asusta a cualquiera. De ahí que siempre os reclamemos tiempo y atención, buscando reforzar nuestra seguridad, algo que cuando nos vamos a dormir no va a ser diferente. Necesitamos la reconfortante protección de papá y mamá para enfrentarnos a la oscuridad de la noche y los monstruos se esconden debajo de la cuna o dentro del armario.

Pablo, un ex compi de la escuela e hijo de una de las parejas que asistieron al taller, minutos antes de que diera comienzo el mismo, había convertido una de las paredes del aula en un enorme lienzo que sobre el que plasmó una obra maestra, algo genial para el desarrollo de la dinámica, pues aquellos trazos que en la cabeza de Pablo resultaron responder a una pistola, pasó por múltiples y variadas interpretaciones de todos los participantes, como un dinosaurio, un corazón o el sombrero de El Principito.

Yo soy más de juego simbólico que de pintura, pero algunas obras de arte ya he creado y tengo como testigos las paredes de casa de mis orgullosos abuelos que, aunque a simple vista se confundan con el Surrealismo o la Abstracción, si miráis a través de mis ojos, podréis ver lo que de verdad se esconde detrás de mis cuatro garabatos de colorines desordenados y (aparentemente) trazados al azar.

Tras haber estado toda la mañana subiendo y bajando por el pelotero, llegada la noche del sábado, mi sueño no llegaba, a pesar de mi más que visible agotamiento. Estaba inquieta, cambiaba de posición una y otra vez, no terminaba de poner el huevo, como dice papá.

Mamá me hizo caricias durante más de 30 minutos, me cantó varias canciones: “Sun, Sun”, “Pimpón”, “Run, run quién es…” y alguna más que ahora mismo no recuerdo. Los minutos seguían pasando y yo, lejos de mostrar voluntad por dormir, me iba espabilando más y ¡fíjate qué casualidad! muchos de los padres que asistieron al taller, contaron exactamente lo mismo, lo que sorprendió gratamente a mi mamá, que respiró aliviada y pensó: “No somos bichos raros, los demás papás también sufren lo mismo”.

¿Qué me pasaba aquella noche? No sabría deciros. Seguramente estaría poniendo en orden mi mundo interior, desorganizado por todo lo vivido y aprendido durante el día porque, aunque vosotros no os lo creáis, aprender nos descoloca, nos genera inseguridad y reclamamos a mamá o a papá para que nos devuelvan esa estabilidad y esa seguridad. Disculpadnos la torpeza en el modus operandi, pero nuestra cartera de recursos en la infancia es bastante más limitada que la vuestra, los adultos, por eso a veces las formas de pedirlo no son las más apropiadas, pero prometo que intentamos cada día mejorar, aprendiendo de vosotros. Poco a poco papis, que el aprendizaje es un proceso evolutivo y lleva su tiempo ¡Las cosas de palacio, van despacio!

Newborn baby peacefully resting

Volviendo a anoche, yo miraba de reojo a mamá y veía que el gesto dulce y comprensivo de su cara se tornaba cada vez más tenso y menos amigable, mientras yo pensaba para mis adentros:

Mami, no te enfades conmigo. Si yo estoy igual o más cansada que tú y tengo tantas ganas de dormirme o más que tú, pero no puedo… 🙁

Me da miedo que te vayas de la habitación apenas yo cierre los ojos, mi respiración demuestre relajación total y entonces, si me despierto sobresaltada porque el lobo feroz de la canción que hemos cantado y bailado esta tarde viene a comerme, tú no estés a mi lado para salvarme de sus colmillos afilados.

Me asusta la idea de un sofá gigante con ojos de pez y tres patas, venga y me regañe con voz áspera y ronca por haber manchado su piel negra esta tarde con la leche blanca de la merienda que derrame mientras saltaba sobre él.

No me puedo dormir porque si lo hago, sé que tú te vas a ir a darle el pecho a mi hermanita. ¿Y yo, qué pasa conmigo?, ¿es que ya no me quieres?

¿Y si cuando me duerma el pato rosa decide ponerse los calcetines de Peppa Pig que me trajeron los Reyes Magos la pasada Navidad, se lanza al mar a nadar y llega tan lejos, tan lejos que luego no encuentra el camino de vuelta como le sucedió a los dos niños del cuento de la Casita de Chocolate que me has contado esta tarde?

Mami, ¿has visto ese monstruo con bata blanca y bigote hasta los pies que se ha escondido en los calcetines? Dice que no me va a hacer daño, pero mejor si tú te quedas vigilando, que a mí me pesan los ojos y ya no aguanto más despierta…

¡Jolines! ¡¡Me lo he pasado tan bien hoy jugando con los primos a indios y vaqueros con los trapos de la cocina que no puedo parar de recodarlo una y otra vez!!

¿Y qué me dices del día de hoy? ¿no te ha parecido emocionante? A mí me ha encantado que mi primer viaje en tren haya sido contigo 🙂 “

Mami, con todas estas cuestiones danzando a sus anchas en mi cabeza, ¿de verdad pretendes que me duerma tranquila y relajadamente? ¿Acaso tú lo haces cuando tienes alguna preocupación? Te he oído decir en varias ocasiones aquello de “a mí lo que me quita el sueño es…” o “con esta preocupación se me ha ido hasta el apetito. Tengo el estómago cerrado”.

Igualito que a ti, me pasa a mí.

Yo estoy aprendiendo a dormir con todo mi interior patas arriba. Si a ti te faltan horas en el día para hacer tus cosas y las mías, del mismo modo a mí me faltan para colocar mis aprendizajes y vivencias en su sitio.

No te olvides de que yo, a diferencia de ti, no tengo aparato para pensar pensamientos todavía; se está formando. Por eso te pido que no te enfades conmigo si tardo más en dormirme de lo que tú (y yo) quisiéramos.

Si cada día que te miras de nuevo al espejo ves las ojeras más oscuras, no te preocupes. Para mí estás preciosa y, con ojeras o sin ellas, siempre serás la mejor mamá del mundo entero.

Si pierdes la cuenta de la cantidad de veces que te has tenido que despertar por la noche para atender y consolar mi llanto, para mecerme en brazos o agarrar mi mano, agárrala fuerte, por favor. Me da tanta seguridad cuando lo haces, me reconfortan tanto tus abrazos…

Abrázame ahora que te pido que lo hagas, aprovecha la oportunidad que tienes de achucharme y sentir mi cuerpecito arropado por tus brazos.

Empápate del calor de mi respiración sosegada y tranquila, tranquilidad que sólo encuentro si eres tú la que estás conmigo.

Repíteme cada noche eso de “que sueñes bonito” y quédate un ratito a mi lado. Me duermo mejor con el olor de tu pelo que con el osito de peluche; ese no sabe ni cantar, ni besar y no huele tan bien.

Disfruta del placer de aportarle tanto a una persona…

Disfruta de tus noches a mi lado…

Disfruta de mí.

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