¡Cobarde!

¡Cobarde!  

¡COBARDE!

¡Eres un cobarde!

¿A qué has venido, si nadie te ha llamado? Llegas sin avisar, haces de tu capa un sayo y actúas a escondidas cuan miserable, por la espalda. Por la espalda, los huesos, los riñones, el cerebro… ¡No tienes límite! Careces de escrúpulos y pecas de insaciable.

Como los ladrones, entras sigilosamente y actúas en silencio, procurando no ser visto. Mides y calculas cada paso que das, cada centímetro que avanzas en el cuerpo de tu presa. Te apoderas, sin miramientos, de la alegría de grandes y pequeños. Nos despojas de cabellos, nos quitas kilos de encima y nos cambias la vitalidad por una desidia desmesurada. Tu afán, robarnos la vida como si gozáramos de tantas como los gatos gozan.

Eres ruín y rastrero. Juegas con la ventaja de ser conocedor de nuestros puntos débiles, allí donde atacas sin piedad, saciando tu hambre de carne fresca (y no tan fresca) porque, si el amor no entiende de edad, lo tuyo es un idilio con los seres humanos, un amor ciego. Poco te importa si es carne o pescado; si es joven o viejo. Tu obsesión: destruir, a toda costa.

¿Quién te entiende, querido?

Si unas veces vuelas y otras te deleitas viendo cómo se apaga poco a poco la vela. Dime qué sientes, entonces. Quiero saberlo. Necesito saber porqué disfrutas viendo a tu alrededor tanto sufrimiento. ¿No te ahogas entre tantas lágrimas? ¿Es que no tienes corazón, acaso? Quizás por eso necesitas robar el de terceros.

¿Por qué no das la cara un día y así libras batallas justas? ¡Ay, amigo! Porque cuando lo has hecho, has tenido todas las de perder. Tu objetivo es ir ganando aliados dentro de tu víctima: células cómplices, órganos sometidos y sangre que fluya a tu son. Mas, ya habrás visto que, también y de vez en cuando, te encuentras por el camino con algún que otro delator y entonces, tu invisibilidad pasa a la historia. Nos avisan de tu presencia, poniendo de manifiesto tu maldad y, con ello, tus fechorías salen a relucir. Muchas veces no más pronto que tarde, pero en ocasiones, sí te descubren a tiempo dándonos la oportunidad de igualar las condiciones de combate.

¿Y ahora qué, valiente?

¿Te atreves con la quimio y con la radio?, ¿sigues teniendo tanto afán? ¡Venganza! Te bramamos desde fuera. Unas veces se gana y otras se pierde, tan real como la vida misma. Y sí, puede que tu promedio de victorias hasta ahora sea aún superior al nuestro, pero no me negarás que la distancia que separa nuestros marcadores es, cada vez, más reducida. Y te acabaremos dando alcance, lo sé. Al final caerás, ¡no te saldrás con la tuya, bribón!

¿Por qué?

¿Por qué eres así?

¿Qué te hemos hecho los seres humanos para que vengas a destrozarnos las vidas sin compasión? Contigo, aquello del karma no tiene sentido ni lugar. Buenos y menos buenos; sanos y achacosos, a todos llamas a la puerta, sin predilección alguna. No sigues reglas, más bien eres la excepción que confirma alguna de ellas. Excepción escurridiza e impredecible. Difícil atisbar por dónde nos vas a salir o qué artimaña acabas de diseñar para ocupar un nuevo organismo, qué órgano vas a devorar y qué persona nos vas a arrebatar.

Pero, ¿sabes qué? Que bajo ese manto oscuro con el que nos envuelves cuando llegas a nuestras vidas, nosotros prendemos la luz y salimos a flote gracias a personas que actúan como boyas en medio del inmenso océano.

 

Cuando tú apareces, nos decimos los unos a los otros cosas que, quizá, en otras circunstancias no tendríamos el valor de pronunciar, por vergüenza, dejadez o inconsciencia. Palabras bonitas, muestras de amor, apoyo y confianza. Humanismo, ¿te suena de algo? Permíteme que lo dude, ¡insensible!

Y gracias a esa crueldad que te caracteriza, consigues sacar lo mejor de las personas. Y sí, hasta debería darte las gracias por ello, por hacernos valorar la vida tal y como se merece, por permitirnos demostrar a aquellos que queremos, cuánto significan para nosotros y que, aquello que alguna vez dijimos de “aquí me tienes si me necesitas” eran más que palabras ligeras flotando en el viento. Gracias por enseñarnos a aprender a vivir despacio, saboreando el día a día, planeando a corto plazo y disfrutando de los nuestros. Gracias por devolvernos el contacto físico entre las personas, en este mundo cada vez más virtual e impersonal.

 

Con tus canalladas sueldas los vínculos entre las personas y, aquellas que ya eran uña y carne, crean uno a prueba de bombas. Expones a la luz el verdadero interior de las personas, dando valor a las palabras que tan alegremente solemos pronunciar por protocolo o porque la ocasión lo requiere. Y cierto es que, si llega el momento de plantarte cara, esos vocablos cobran vida, se materializan en momentos lamentables, duros y heridas irreparables, sí, pero todos compartidos y arropados; nunca solos, porque ahí, cara a cara frente a ti, es donde se demuestra quién está a las duras y a las maduras.

Traes a la mente remordimientos, arrepentimientos y muchas ganas de enmendar los errores del pasado. Y es que, rectificar es de sabios, según dicen. Pues tomamos la palabra y, como nunca es tarde si la dicha es buena, tú nos das la oportunidad de hacer sentirse queridos a los seres que amamos y de no reincidir en un futuro con nuestros fallos remotos.

nos pones los pies en la tierra haciéndonos conscientes de que, efectivamente, pulvis es et in pulverem reverteris. Nos haces dudar sobre si la vida es realmente bella o más bien una tragicomedia. Y puede que no, que no todo sea de color de rosa, pero hemos de vivirla como si de un carnaval se tratara, dejando a un lado los melodramas y los dramones. Siempre portando una gran sonrisa, porque ya se sabe: al mal tiempo, buena cara.  

 

No importa si flaquean las fuerzas, Nuevas surgirán porque la  que nos arrebatas es como la energía:

ni se crea ni se destruye; tú la transformas.

Porque transformas nuestra rabia e impotencia, nuestro dolor en un apoyo incondicional, en un querer estar a todas horas y aprovechar cada segundo de la vida. Todo a nuestro alrededor se llena de palabras de ánimo aunque, muchas veces las sintamos vacías, pues lo que necesitamos es ese momento no es mero lenguaje, sino ilusiones hechas realidad, una cura inmediata que, lamentablemente, en ocasiones llega demasiado tarde. Y sí, personalmente te agradezco que también seas capaz de dar segundas oportunidades. Hay personas que, pese a haberte padecido, han vuelto a nacer y seguirán disfrutando de su vida recordándote como un mal sueño, como una pesadilla. Una anécdota más que contar a sus nietos. Pero entonces, ¿por qué unos sí y otros no? ¿Por qué no ser más benévolo con todos aquellos a los que amargas la existencia?

¿Por qué no dejarlo todo en un susto?

No te confíes y creas ganada la guerra. Podrás salir airoso de muchas batallas, pero la fe y el amor mueven montañas y nosotros creemos, ¡vaya si creemos! Porque tenemos algo que tú jamás tendrás: ilusión, caridad y gusto por la vida. Y, al igual que torres más altas han caído, tú también caerás y estaremos aquí para ver cómo te marchas con el rabo entre las piernas. Celebraremos, algún día, que ya formas parte del pasado de la humanidad; no serás más que una cicatriz en la vida de las personas, imborrable pero ya inofensiva. Te estudiaremos como el gran padecimiento del SXXI.

El Cáncer, esa división celular descontrolada y epidémica que no pudo con nosotros, con nuestras ganas de vivir.

Porque, si algo haces tú bien, es unir a las personas y, ya se sabe, amigo mío, que la unión hace la fuerza y los caballeros solitarios, acaban abandonando la partida.

 

Si polvo somos, en polvo te convertiremos, ¡canalla!

 

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