Con cajas y a lo loco

Con cajas y a lo loco

Al igual que las serpientes que mudan la piel varias veces a lo largo de su vida, yo me mudo de casa. Y es que ya son cuatro las que he conocido a mi temprana edad.

caracol

A pesar del intenso parecido que guardan mis papis con los nómadas, ellos odian las mudanzas, pero ansían poder darnos el mejor de los lugares donde ver crecer a su familia. Así que, después de largas negociaciones entre mis progenitores, al fin hemos ido a parar al lugar de los lugares

Papá quería un piso. Mamá una casa. Ella se crió en una grande y uno de sus objetivos siempre ha sido ofrecernos suficiente espacio para que gocemos de la misma libertad y esparcimiento que ella tuvo, por no hablar de su –casi- obsesión por los armarios. Me atrevería a decir que es lo primero que valora de una casa (eso y las juntas de silicona de los baños, que como estén un poquito enmohecidas, ¡tachamos y a otra cosa, mariposa!).

Papá es un urbanita casi al cien por cien y, mamá no más de campo que las amapolas, pero casi. El cantar de los pájaros le da vida y el olor a jara y leña le transportan a su querida e irrepetible infancia. Prefiere asomarse por la ventana y ver un rebaño de ovejas pastando alegremente, que una cola de conductores estresados compitiendo por ver quién llega primero al semáforo siguiente.

poppies field

Con ese afán suyo por darnos calidad de vida, aire puro, serrano, noches estrelladas y paisajes de ensueño, llegué incluso a pensar que la casa del abuelo de Heidi estaba en venta, pero no tuvimos que ir a parar tan lejos para vivir en un paraje que, tras haber resistido a unos días de locura entre cajas y maletas desperdigadas por cada rincón, tiene encantados a mis padres (y a nosotras).

Reconozco, a toro pasado, que el cambio me ha costado pues, ¡para más INRI! se produjo en mitad del tan poco acertado horario de verano al que nos someten cada seis meses y vuelve majareta mis biorritmos, humor y apetencias. No obstante, se me ocurre que podía haber sido más complicado aún si mis papás no se hubieran anticipado explicándonos el inminente traslado, sus causas y consecuencias, haciéndonos ver qué los caballos perezosos desaparecerían de nuestro camino a la guarde, que tendríamos que buscar un nuevo parque para hacerlo también “nuestro” y que, lamentablemente, nuestra querida buhardilla no cabía en el camión de esos señores que, con ánimo de lucro pronto vendrían para ayudarnos a transportar todas nuestros enseres y pertenencias hasta la casa nueva.

Cierto es que papá y mamá nos han hecho partícipes de principio a fin. Hemos opinado –a nuestra forma- sobre las casas visitadas; hemos elegido algunas de las nuevas e irremediables compras  e incluso llenado de nuestras propias pertenencias cajas y maletas con el cuidado y la delicadeza propia de un niño de 3 años que vive, nervioso tanto o más que entusiasmado, una experiencia desconocida hasta el momento.

Aparentemente, CH y yo aceptamos semejante novedad de buen grado. Tanto fue así que le brindamos, desde la ventana del dormitorio y aupadas ambas por mamá, una despedida al pueblo. Con un “¡Hasta siempre!” le agradecimos los buenos ratitos pasados, sus amaneceres explosivos y estrellas veraniegas. Con un beso que lanzamos al campanario de la iglesia, le pedimos que guardara en su recuerdo, con cariño y para siempre, los primeros pasitos y palabras de Ch, mi primer pedaleo en triciclo o mi primera cacota solita en WC.

see you

La primera noche ya en la casa nueva dormimos a pierna suelta, sin extrañar, a priori, el lugar. Pero ¡cuán errada estaba mamá si pensaba que aquel gran cambio en nuestras pequeñas vidas estaba pasando de puntillas! Viendo su garrafal despiste, me vi en la obligación de hacerle ver que sí, que a pesar de nuestra implicación y colaboración en la mudanza, esta suponía un gran trastoque en nosotras y nuestras rutinarias vidas. De modo que, como no podía ser de otra forma, busqué que asomara las narices de entre las cajas, sacando yo los pies del tiesto y a ella de sus casillas.

Con una actitud retadora que me saqué del bolsillo de la noche a la mañana, cada día tensaba un poquito más la cuerda. Mis geniales ocurrencias no podían ser más divertidas y arriesgadas. De repente, encontré en la chaise longue del salón una pista perfecta de carreras y saltos, invitando a mi hermanita a secundarme, mientras mamá nos gritaba, cada vez con mayor frecuencia, advertencias de peligro desde la cocina. Implementé mi velocidad para poner patas arriba todo lo que mamá acababa de ordenar y me inicié en

“Cómo NO dejar el suelo de casa como los chorros del oro usando por trapito un plátano y una zanahoria”.

Ante tales ocurrencias, las apariciones de mamá en forma de “señora enfadada” me hacía decirme a mí misma aquello de :

¡Misión cumplida!

Ya lo siento mami, pero no se me ocurría otra forma de pedirte ayuda en esta adaptación. Tú, absorta por la reestructuración y yo celosa ya de nuestros objetos caseros y el cartón reciclado. Peppa Pig me salía por las orejas y Pocoyó me resultaba hasta soso y aburrido, porque al principio sí era entretenido ayudarte a llenar fondos de armario; divertido jugar a los disfraces con la ropa, los zapatos, sombreros y collares; y enriquecedor al máximo descubrir la cantidad de juguetes no estructurados que trae consigo una mudanza, pero la diversión se acaba y la monotonía llega cuando se convierten en interminables paseos tras de ti sin que apenas me dedicaras un ratito de juego y distracción en condiciones. Los centímetros de distancia que nos separaban, comenzaron a  parecerme kilómetros, porque fiaste a mi elevada madurez este cambio de vivienda y pensaste que “lo peor ya había pasado ”quizás, sólo quizás, al ver que preguntaba poco por la otra casa, dormía bien en las noches y pasaba el día solita jugando.

house mom and me

De verdad valoro enormemente tus palabras, antes y después de la llegada a nuestra nueva morada. Nuestra implicación en su elección y tus veinte mil preguntas al día sobre si nos gusta o estamos a gusto. Pero te ha faltado, mami. Has pecado de poca acción, de acompañarme con eso precisamente, con tu compañía y dedicación. Quizás si hubieras robado algo más de tiempo a la ropa, los armarios y los botes de limpieza, nos hubiéramos ahorrado muchos “tira y afloja” y pataletas en el suelo si de repente no me parece buena idea guardar ese cojín rosa (que yo ni siquiera recordaba), porque mi galleta se ha partido o porque CH ha “arrancado” un ojo a la cajita rosa con forma de ratón.

Echo la vista atrás y veo que, además del espacio y la ubicación, hasta mis preferencias lúdicas habían cambiado y distaban mucho de los que habitualmente me definen. Durante unos días fui inseparable de Peppa Pig, las galletas o el bibe y tus “Vamos apagando que ya es hora de jugar causaban en mí el mayor de los enojos.

“¿Sí, mami?
¿Vamos a jugar?
¿Con quién?
Porque contigo no… Y con papá tampoco”

CH y yo nos adoramos, pero entretenernos la una a la otra casi de sol a sol con intervenciones vuestras casi estelares, ¡colma la paciencia y la imaginación de cualquier preescolar! Y todavía te sorprendes –¡y te permites el lujo de enfadarte!- si tengo una rabieta cuando no satisfaces mi demanda o me rompes el entretenimiento, encima que te estoy dejando organizar todo tranquila…

tension

Nuestro comportamiento ha sido de libro durante estos moviditos días, aceptando -casi siempre de buen grado- la programación de turno, tratando que nuestra tímida desorientación pasara desapercibida. Pero a medida que los días pasaban y los bártulos desaparecían, fuiste abriendo los ojos ante mi cuerda tensada. Te hiciste consciente de mi inaudita desobediencia y actitud desafiante a la par que caprichosa, encontrando también su porqué. Sí, pareciese que fuera buscando un NO rotundo de tus labios o, escuchar tu voz subidita de tono, pero nada más lejos de la realidad ya que todo respondía a mi desesperación por traerte del mundo adulto y tenerte como siempre, volcada al cien por cien en nuestro universo infantil. Quizás eras tú la que gritabas y se enfadaba ante mi incomprensible actitud, pero sin duda yo tenía más ganas que tú de hacer lo propio con el fin de hacerte ver que, ni buscaba sacarte de quicio, ni un “¡ya está!” de los tuyos ni nada que se le parezca. Tan sólo buscaba, entre esas nuevas y recién pintadas cuatro paredes, me buscaba a mí misma. A la misma personita que subía y bajaba con total autonomía las escaleras de su anterior casa y que ahora vagaba a la deriva, desde hacía varios días, entre el aburrimiento, la desorientación y tu falta de dedicación.

Pretendéis que, como si tal cosa o como adultos, sigamos nuestra rutina en nuevos espacios, nuevos tiempos y con nuevos vecinos, intentado si es posible, no reparar mucho en ello. 

¡A lo loco!

Y, aunque sigas “Montessorizando” la casa y poniendo el mundo a nuestros pies, resulta que el armario donde yo antes encontraba mis tortitas de arroz ya no está; me encuentro desarmada la cajonera de mis juguetes y mis libros aún descansan amontonados dentro de una enorme caja en la que, si me inclino con más fuerza de la que debiera, puede hacerme ¡carne de cañón!

¡Hasta el camino al WC que tan bien me sabía ahora es diferente!

potty

Demasiada información para asimilar en tan corto periodo de tiempo, mami. Lo haremos. Nos adaptaremos e iremos incorporando cada una de las características de la nueva casa a nuestras vidas, pero sin prisas, que estas no son buenas consejeras ni amigas del aprendizaje.

Y ahora te pregunto yo a ti:

¿Acaso tú ya te has adaptado?

¡No te engañes ni pretendas engañarme! Si anoche mismo te pillé buscando el papel higiénico detrás de ti mientras hacías pipi (ahora está justo ahí, a tu derecha).

Y, ¿cuántas veces has pulsado el interruptor equivocado? Por no hablar de la “caza y captura” que organizas a la hora de vestirte.

Si tú, treintañera y experta en esto de las mudanzas estás aún algo desorientada, ¿cómo pretendes que yo lo haga si tengo menos recursos que tú? CH y yo necesitamos tiempo para hacer de esta casa, nuestra casa y acomodar tantos cambios en mi biblioteca de experiencias que suponen, casi, reconstruir mi mundo interior y acomodar sus elementos.

Te pido tiempo y paciencia. No te enfades si durante unos días…

  • No recojo los juguetes
  • Te cojo el móvil sin permiso
  • Pido diez galletas, manoseo nueve, mordisqueo seis y finalmente me como una (o ninguna)
  • Encuentro en el piso mi consuelo y no en tus brazos
  • O si empiezo pidiendo la mano y acabo tomándome el brazo.

En períodos de adaptación como este, respeta más que nunca mis tiempos. Mis enfados y mis formas de expresión que, sin malicia alguna, no están pidiendo -a gritos- más que tu ayuda y tu calor. Calor con el que me das esa seguridad que ahora me falta y necesito para reubicarme, encontrarme y hacerme un sitito en el nuevo lugar. Que nos importa tres pimientos si está todo manga por hombro o si el montón de plancha no para de crecer, siempre que seas tú a quien encontremos dentro de nuestro castillo de cartón, probándose abalorios de celofán y riendo carcajadas.

Y ahora, con la calma adentrándose de nuevo en nuestro hogar, te digo que una mudanza a mi edad, mueve más que centenares de cajas y muebles…

(RE)mueve mi mundo interior

mundo interior

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